Casi tan deprimente como un domingo de tarde en invierno, es acercarse al final de un buen libro, más si es el último libro de la saga. Y es que en realidad no quiero que termine pero al mismo tiempo voy consumiendo página tras página sin poder parar hasta llegar al final. Y peor cuando por el grosor de las páginas que quedan, me ilusiono con un capitulo más y encuentro, desesperado, que lo que tiene para leer es una bibliografía puesta por el editor.
Ese vacío que me genera el fin de un buen libro no tiene simil con nada que conozca salvo el fin del Campeonato del Mundo 2010 y en realidad el fin de grandes sagas, como El Señor de los Anillos o de de la trilogía de Fundación me saben a pequeñas muertes.
Otra postura por ejemplo es la de mi hija menor, que no leyó el final, pese a tenerlo meses en la mesa de luz, del libro 7 de Harry Potter, lo hizo solamente hace poco cuando se dio cuenta de que ya se venía la película basada en el libro.
Pero yo no, el jueves me acoste tarde y el viernes estuve con resaca todo el día, sin embargo en cuanto volvía a casa y leí de un tirón las últimas 50 páginas de "La chica que soñana con un bidón de gasolina y una cerilla" de Stieg Larsson. Como al par de horas me di cuenta que simplemente me acuerdo del final con grandes lagunas en el desarrollo de la trama, concluí que tengo que leerlas de vueltas. Pero por la desesperación por finalizar, poco importó el no entender algunos detalles del final .
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